miércoles, 13 de mayo de 2015

Recuerdos fugaces de un bolero.


Recuerdos fugaces de un bolero.
Fernanda González Anaya.
Nueve décadas han pasado,  casi las diez. Un septiembre de los 20’s se formó, bajo el techo de una ranchería cerca de Jalisco,  una burbuja; como las miles que se formaron aquel día, aquella década.
Bajo un cielo pincelado de todos los azules, sin apariciones de nubes y el sol más cálido de Mazatlán, Don Eusebio Robles hojea el periódico Primera Hora sentado en una banca color ‘verde jardín’ a un costado de su silla para bolear.
Las aves que trinaban sobre los arboles de la Plazuela Republica recordaban a la vieja vida de Don Eusebio, cuando vivía en tierras jaliscienses, al margen de la ciudad, en el campo. La vida que se añora, la cosa bonita; beber agua de la buena, y si se tienen vacas, beber ‘lechi’. Montar a caballo y arar la tierra; la vida que dejó atrás cuando se reventó la burbuja.
“Uno de pobre trabaja en lo que se ponga enfrente”
Don Eusebio sale de su casa a las diez y cuarto de la mañana, toma un Insurgentes que lo pasea de la Colonia Juárez hasta el Centro de la Ciudad, el resto se lo deja a sus pies y a su longeva memoria.
- ¿A qué edad empezó de bolero?
-Después de trabajar la tierra muchos años, trabajé de panadero, no siempre fui bolero. Empecé a ‘dar bola’ cuando tenía unos treinta años, cuando el bolero era imprescindible, por allá por los 50’s. Muchos muchachillos se pagaban los estudios de boleros. A mí me buscaban los muchachillos para que los ayudara y ahora son doctores y maestros, a veces vienen a saludarme.
Un sábado ajetreado, con ruidos urbanos propios del centro de la ciudad, interfieren en la plática y desfavorecen aún más la mala audición de Don Eusebio, quien descansa un poco de la banca (y de mí)  y se levanta con el periódico en mano, para dejarlo sobre el otro extremo de la banca.
Su hijo Joel, que también es bolero,  tiene un cliente sentado desde hace unos minutos. Hace maniobras con el cepillo que limpia el calzado, mientras habla sobre las sillas para bolear que tiene su padre desde hace ya unos ayeres y su color rojo con el logo del Noroeste.
“Las sillas no nos las dio Noroeste, ellos sólo las pintan. Nosotros les hacemos publicidad. Ellos nos regalan el periódico y nosotros se lo ofrecemos al cliente.” Don Eusebio sigue estirando las piernas y vuelve al lugar donde lo encontré
Don Eusebio recuerda lo mucho que valía la moneda mexicana, las porciones de frutas y verduras que compraba con menos de un peso. El buen profesorado de la vieja escuela mexicana. Recordó, también, que estuvo en una banda, y aprendió a leer una que otra nota, de un instrumento que ya su memoria no recordaba, pero que por la descripción se asemeja al clarinete.

Los recuerdos llegaban y se iban como estrellas fugaces. De su esposa no se le vino ninguno, si esbozó una que otra palabra pero nada audible. Don Eusebio se volvió a poner de pie, dio unos pasos mientras me veía y decía: “Soy vagabundo y me gusta ser vago y en los placeres me gusta vivir…y a mis amigos les doy un consejo, que sigan mis pasos y serán felices.”

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